—¡Que sea la última vez que intentas dejarme en ridículo frente a otros! —vociferó Corea del sur cruzando los brazos frente a su hermano con enojo—. ¡Que no sea un amargado como tú no significa que yo sea inmaduro!
—Te dejas en ridículo tú solo —contraatacó Nor-corea con una mueca de desagrado estando sentado en el borde de la cama del hotel—. Ver muñequitos japoneses no tiene excusa.
—Hazme el favor de cerrar la boca, Norte.
—¿O qué? ¿me amenazarás a muerte? —el chico de parche con una estrellita bufó—. Más vale que te quedes quietecito, así como estás, e igual que siempre. Sigue absorbiendo la fama que te da el K-pop, es lo único que te salva de ser un don-nadie.
—Míralo de esta forma: a ti nada te salva de ser un completo imbécil —gruñó Sur-corea con el ceño fruncido y sonrisa odiosa—. ¿Y sabes cual es la mejor parte de ser tu hermano? Que siempre puedo pisarte cuando se me de la gana en un sentido moral. Nadie se siente a gusto contigo, todos me prefieren mil veces a mí.
—¿A quién carajo le interesa «un sentido moral»? —preguntó Corea del norte— Lo que realmente importa es que si quiero puedo partirte la cara y mandar tu triste vida a la mierda.
—¿Eso crees?
—Eso creo.
—Vete al diablo —le dijo el chico de sudadera a Nor-corea; y aunque este pensó que esa discusión terminaría allí, supo que no sería así en cuanto su hermano le jaló de la ropa haciéndole perder el equilibro hasta caer hacia adelante, justo sobre él.
Sur-corea se apresuró en subir las manos a la altura de los hombros de Corea del norte y le empujó alejándose un poco.
—¡Ni creas que puedes salvar esto con tus tonterías! —gritó Corea del sur frunciendo el ceño con rabia—, ¡no se te va a hacer tan fácil esta vez! ¡estoy cansado de tu mierda!
—Oh, no digas eso —murmuró Nor-corea llevando sus manos hasta las muñecas del chico e hizo un poco de fuerza para que le soltara los hombros; pero claro, luego lo soltó y tan sólo le tomó de las manos suavemente—. Lo siento, ¿sí? Olvida lo que dije, sabes que tengo dificultades para ser dulce.
Corea del sur desvió su carita en otra dirección y le ignoró aún molesto. ¿Quién se creía Nor-corea para tratarle de tan mala manera y luego intentar disculparse como un cachorrito estúpido?
—Vamos... —insistió el hombre vestido con un traje laboral—, no me obligues a arrepentirme como la semana pasada. Sé bueno conmigo.
—No. Soy malo. Exijo humillación.
—¿Humillación?
—Hu-mi-lla-ción.
—¿Por favor? —pidió Nor-corea con un falso puchero y luego este juntó sus manos con súplica—, por favor no te enojes conmigo, no pienso decírtelo más: sabes que me cuesta ser tierno —se inclinó hacia atrás sobre la cama hasta que tuvo que apoyarse sobre sus codos.
—Me llamaste cabeza de pin-pon —dijo Sur-corea con ojos asesinos a la vez que posaba ambas manos sobre el pecho del contrario para terminar acercándose a su rostro.
—Lo sé, lo sé —Corea del norte se mostró aceptativo—. Venga, sabes que no puedes odiarme, no puedes evitarlo; yo te provoco —susurró sobre sus labios y, después de hacerle esperar un poco, besó la comisura de estos dándole un «beso de media luna» muy, muy lento y alargado que le hizo suspirar—. Esto está mal —balbuceó sabiendo perfectamente que el contrario sentiría su aliento rozándole la piel.
—Sí —murmuró Sur-corea y asintió cerrando sus ojos con fuerza—; sí, sí, está mal, muy mal —repitió este comenzando a dudar de sus propias decisiones.
¿Y qué si eso estaba mal? ¿quién dice que aquello era malo? ¿como podía ser tan malo sentirse tan bien y querer tanto?
A ninguno de los dos les quedaba demasiado claro; y es por ello que Corea del sur soltó un impotente quejido de ira e independientemente de lo que pensase su hermano, le besó deseoso con un escalofrío recorriéndole de pies a cabeza sin piedad alguna, porque jugar con su boca se sentía tan bien, que poco le importaba lo que a otros le pareciera mal.
Muy poco.
—Oye —le llamó la atención el que se encontraba debajo interrumpiéndolo descaradamente; sin embargo, Sur-corea no se detuvo por nada del mundo, y juntó los labios contra su mandíbula repartiéndole más besos húmedos que le causaban cosquillas en todos los sentidos—, h-hey —dijo Nor-corea con voz quebrada.
—¿Qué sucede? —preguntó Corea del sur con respiración agitada; quería, y quería justo en ese instante.
—No... n-no me gustaría en una habitación de hotel —confesó el chico de parche y luego carraspeo aclarándose la garganta.
—Ah, ¿no? —cuestionó Corea del sur—, oh, bueno... no tenía idea. Aunque tiene sentido, siempre lo hemos hecho en casa. Respeto eso, pero, ¿no es lo mismo?
—No, no es lo mismo —respondió Nor-corea tragando saliva.
—Hum, ¿por qué? —se mostró curioso el contrario mientras alzaba las manos y le acariciaba las mejillas con los dedos.
—Porque tú sueles ponerte un poco rudo, y si estamos aquí me sentiré como una zorra.
Sur-corea abrió los ojos con sorpresa.
—Maldición, debo verme ridículo cada vez que lo hacemos, ¿no es cierto? —preguntó Corea del norte.
—No realmente... depende, sólo en Halloween.