2. Divorcio

912 Words
2. Divorcio POV Anna Están tocando a la puerta. No me levanto. No quiero hablar con nadie. No quiero que nadie me vea así. No quiero explicar lo que ni siquiera yo entiendo. El sonido vuelve. Más fuerte. Más insistente. Mi mirada recorre la sala como si la viera por primera vez. La mesa llena de tazas vacías. El suelo con ropa que no recuerdo haber dejado ahí. Las cortinas cerradas. El aire denso. Desde que Samuel se fue… no he salido de este sofá. Me he quedado aquí, sentada, mirando a la nada. Como si el tiempo pudiera retroceder si yo no me movía. Vuelven a tocar. Y esta vez no es solo un golpe. —¡Anny, sé que estás ahí… abre la maldita puerta! El grito de Mariana me hace dar un salto. Mi corazón late rápido, desorientado. Tardo unos segundos en reaccionar, como si mi cuerpo también estuviera oxidado. Camino hasta la puerta arrastrando los pies. Cuando la abro, la luz del pasillo me lastima los ojos. Y ahí está ella. Impecable. Cabellera perfecta, traje a la medida que le queda de infarto, maquillaje intacto. Pero en sus ojos no hay glamour. Hay fuego. —¿Mariana? ¿Qué haces aquí? No me responde. Entra. Ni siquiera me pide permiso. Empuja la puerta con el hombro y avanza con su portafolio al frente, como si fuera un escudo dispuesto a atravesar una muralla. Se detiene en medio de la sala. Observa el desastre. Frunce la nariz. —¿Hace cuánto que no limpias? Me encojo de hombros. —Tal vez… una semana. Un poco más. Ella cierra los ojos un segundo. Respira hondo. —Este lugar huele horrible. No hay crueldad en su voz. Solo una mezcla de fastidio y preocupación. Deja el portafolio sobre la isla de la cocina y comienza a moverse como un huracán elegante. Corre las cortinas. La luz invade el espacio y siento ganas de llorar. Abre las ventanas de par en par. El aire fresco entra como si quisiera arrancar la tristeza de las paredes. Abre un cajón. Encuentra una bolsa de basura. Regresa a mi lado y empieza a recoger vasos, papeles, restos de comida seca. —Ve a darte una ducha —ordena sin mirarme. —Apestas. Bajo la vista. Me miro. Camiseta arrugada. Cabello enredado. Ojeras profundas. —Tengo algo urgente que hablar contigo. —¿Hablar conmigo? —pregunto, confundida. Mi voz suena débil. Extraña. Se detiene. Me mira de frente. —Sí, chica. Hablar contigo. Y no es opcional. Trago saliva. —¿Sobre qué? Mariana se inclina, recoge una botella vacía del suelo y la lanza a la bolsa con fuerza. —Sobre el divorcio. La palabra cae como un disparo en medio de la sala. Divorcio. No separación. No tiempo. No espacio. Divorcio. Siento que el estómago se me contrae. —Samuel me contactó. El mundo se vuelve pequeño. —¿Qué? —susurro. —Me llamó ayer. Y no para pedir consejo. Mi respiración se acelera. —¿Qué quiere? Mariana se cruza de brazos. —Quiere iniciar el proceso formal. Ya tiene abogado. Ya tiene papeles. Y quiere que tú firmes rápido. Mi mente no puede procesarlo. Hace apenas unos días me dijo que ya no me amaba. Que lo nuestro se había desgastado. Que necesitaba “ser honesto consigo mismo”. Yo pensé que era una crisis. Una pelea grande. Algo que podíamos arreglar. —No… —murmuro. —No puede ser tan rápido. Mariana se acerca. Me toma el rostro entre las manos. Su contacto es firme, casi brusco, pero cálido. —Escúchame, Anny. Esto ya empezó. Y si tú sigues aquí sentada, sin moverte, te van a pasar por encima. Siento las lágrimas acumularse. —Él era todo lo que tenía… Mi voz se rompe. —No tengo padres. No tengo hermanos. Desde que lo conocí, él fue mi mundo. Mi casa. Mi familia. Mi pecho duele. Duele tanto que por un segundo pienso que la gente tenía razón: el corazón sí se rompe. No muere. Pero se rompe. —¿Y ahora qué voy a hacer? —susurro. —No sé vivir sin él. Mariana aprieta los labios. Su expresión cambia. Ya no es la abogada fría. Es mi amiga. —Vas a aprender. Niega con la cabeza suavemente. —Pero no hoy. Hoy lo primero que vas a hacer es bañarte, vestirte y dejar de oler a abandono. No puedo evitar soltar una pequeña risa ahogada. —Eres horrible. —Y tú dramática. Se separa y vuelve a recoger cosas. —Ve. En diez minutos quiero verte como una mujer que va a enfrentar una guerra, no como una viuda de alguien que sigue vivo. Camino hacia el baño sintiendo que mis piernas pesan toneladas. Antes de cerrar la puerta, la escucho decir: —Ah, y hay algo más. Me detengo. —Samuel no solo quiere el divorcio. Mi corazón vuelve a latir con fuerza. —También quiere la casa. El aire se me va de los pulmones. Esa casa. La única herencia que tengo. El único lugar que fue mío antes de ser “la esposa de Samuel”. Cierro la puerta despacio. Y por primera vez desde que él se fue… el dolor empieza a transformarse en algo más. No sé si es rabia. No sé si es miedo. Pero ya no es solo tristeza. Y tal vez… eso sea el inicio de algo.
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