CHAPUZÓN EXPRÉS

1835 Words
El peligro no descansaba en las calles. Vito, fuera de sí tras la desaparición de Tamara, desplegó a sus hombres por cada rincón de la ciudad. —Búsquenla en todos los hospitales públicos, clínicas y refugios —ordenó Vito a sus matones con voz glacial—. Quiero que pregunten con su descripción exacta. Esa mujer no se me va a escapar. Tras horas de rastreo, los hombres de Vito consiguieron el primer hilo del que tirar. Un informante de poca monta confirmó que una joven con las características de Tamara había ingresado a la sala de emergencias del Hospital Di Santi. La trampa sobre Tamara comenzaba a cerrarse lentamente, ajena al refugio que Cassandra y Damián le habían ofrecido. Mientras tanto, en el piso de lujo de Alessandro, la madrugada traía sus propios demonios. Alessandro entró a su departamento cargando a Valerie en brazos, quien apenas podía mantener los ojos abiertos, sumida en una borrachera pesada y el efecto de las drogas que le habían administrado en el club. La arrojó sobre la cama king-size con cierta brusquedad. Valerie solo soltó un murmullo incoherente antes de quedar profundamente dormida. Alessandro se quedó de pie al borde de la cama, observándola con una sonrisa perversa. En ese instante, se le encendió el foco: tenía la oportunidad perfecta para destruir el maldito orgullo de la intocable Valerie. Sacó su teléfono celular, ajustó la iluminación y comenzó a tomarle varias fotografías en posiciones comprometedoras a su lado: ella inconsciente, despeinada, con el labio ligeramente partido, y él posando a su lado con el torso desnudo. Guardó las imágenes con satisfacción. Tenía el arma perfecta para chantajearla y aplastarla cuando quisiera. A la mañana siguiente, la luz del sol atravesó las persianas del ventanal. Valerie despertó como si la hubieran golpeado con un bate de béisbol. Un dolor de cabeza punzante le taladraba el cráneo, la boca le sabía a metal y la piel le ardía. Se incorporó bruscamente en la cama, sintiendo una náusea violenta. La seda del acolchado no era la suya. El olor a perfume costoso con notas de tabaco y madera no era de su habitación. Se miró el cuerpo: el vestido carmín estaba desgarrado del tirante, arrugado, y la piel de sus muslos descubierta. La laguna mental por la droga que le metieron en el club la dejó a ciegas. El pánico le oprimió el pecho, pero en cuestión de un segundo, el miedo se transformó en un odio visceral y puro. Al girar la cabeza hacia el pie de la cama, la sangre se le congeló y luego le hirvió a mil grados. Alessandro estaba parado allí, apoyado contra el marco de la puerta. Vestía únicamente un bóxer ajustado que marcaba su anatomía marcada y musculosa. Sostenía un vaso de agua con una mano y en la otra su teléfono. Tenía la mandíbula tensa y una sonrisa sádica, descarada y triunfante clavada en la cara. —Mira nada más... Despertó la fiera —se burló Alessandro con una voz profunda, rasposa por el sueño—. Por un momento pensé que te habías muerto después de lo de anoche. La mente de Valerie armó la peor pesadilla. Creyó lo peor. El orgullo de la intocable Valerie fue pisoteado y la furia la cegó por completo. —¡Maldito enfermo! ¡Hijo de puta! —gritó Valerie fuera de sí, con la voz quebrada por la rabia. De un salto se puso de pie sobre el colchón y se abalanzó sobre él como un animal salvaje. Le lanzó un manotazo con todas sus fuerzas directamente a la cara. La bofetada resonó en toda la habitación como un látigo. A Alessandro se le giró el rostro por el impacto, pero lejos de amedrentarlo, los ojos se le llenaron de un brillo oscuro y peligroso. —¡Abusaste de mí, perro asqueroso! ¡Aprovechaste que estaba drogada! —chilló ella fuera de control, lanzándole puñetazos rabiosos al pecho, rasguñándole los hombros con las uñas. —¡Cálmate, carajo! —rugió Alessandro. Antes de que ella le volviera a tocar el rostro, Alessandro tiró el vaso al suelo, la sujetó con brusquedad de los antebrazos y la tumbó de un golpe seco de vuelta a la cama. Se posicionó sobre ella, aprisionándola entre sus piernas, encajando sus muslos gruesos contra las caderas de ella para inmovilizarla. —¡Suéltame, gorila imbécil! ¡Quítate de encima, asqueroso! —gritaba Valerie fuera de sí, pataleando, arqueando la espalda violentamente para quitárselo de encima. —¡Que te calles la boca, maldita sea! —siseó Alessandro fuera de quicio por los golpes. Con una sola mano le agarró ambas muñecas por encima de la cabeza, enterrándolas contra la almohada. Con la otra mano, le tomó la mandíbula con una fuerza implacable, obligándola a mirarlo a los ojos. En esa posición tan cruda y brutal, la erección del cuerpo de Alessandro en bóxer se presionó directamente contra el vientre de Valerie, divididos apenas por la tela del vestido. Valerie sintió el peso, la dureza y el calor sofocante de su cuerpo y se petrificó. El aire se le atascó en la garganta. La tensión entre los dos no era solo odio: era una atracción tóxica, violenta y enferma que les quemaba las entrañas a los dos. —Eres un monstruo... un abusador sin cerebro... —escupió Valerie, hiperventilando, con las lágrimas de pura impotencia a punto de traicionarla pero sosteniéndole la mirada con veneno—. Te vas a arrepentir de haber nacido, Alessandro. Mi padre te va a despedazar y yo voy a disfrutar viendo cómo te meten una bala en la cabeza. Alessandro se inclinó sobre ella hasta que el aliento calientísimo de ambos se mezcló. Bajó la mirada a los labios mordidos de Valerie y luego volvió a sus ojos, disfrutando de la lucha feroz que ella mantenía en el pecho. —Tu padre no va a hacer un carajo —le susurró él al oído, deslizando la mano de su barbilla hacia su cuello, apretándolo apenas lo suficiente para sentirle el pulso acelerado—. Porque si abres esa boca de víbora que tienes... el mundo entero va a ver las fotitos que te tomé anoche mientras estabas tirada en mi cama, rogando por un poco de atención. Valerie palideció. Los ojos se le abrieron de par en par. —¿F-fotos...? —balbuceó con la voz rota. —Fotografías impecables, princesa —se rió Alessandro en su cara, disfrutando la tortura psicológica como un auténtico demonio—. Mías y tuyas. Así que si no quieres que la gran heredera termine siendo la vergüenza de toda la alta sociedad, te me vas a comportar. A partir de hoy, tú no me vuelves a alzar la voz. —¡Jamás! ¡Prefiero estar muerta antes que doblegarme ante un infeliz como tú! —le gritó ella a centímetros de su boca, intentando morderle la mano. Alessandro soltó una risa oscura, fascinado con la resistencia salvaje de la mujer debajo de él. —Me encanta cuando peleas, fiera... —siseó él, pegando más su cuerpo al de ella—. Porque me dan más ganas de destruirte. —¡Hazlo! ¡Súbelas si tienes los huevos, maldito! —le gritó Valerie a milímetros de su cara, con el pecho agitado y los ojos ardiéndole en rabia viva—. ¡A ver si me importa una puta mierda tu Chantaje! Alessandro soltó una carcajada ronca, sin inmutarse ante sus gritos, e inclinó la cabeza rozando la oreja de ella con sus labios. —Está bien, princesa. Como tú digas... —le susurró con un tono divertido que le heló la sangre—Hoy mismo saldrá en los noticieros y en primera plana de las revistas. Imagínate la nota: "LA GRAN VALERIE LARSON EN LA CAMA DE UN HOMBRE DESCONOCIDO, DROGADA, EBRIA Y SEMINUDA". A Valerie se le atascó el aire en los pulmones. Los ojos se le abrieron de par en par mientras la realidad de esas palabras le caía como un balde de agua helada. El impacto social, la ruina de su apellido, el escándalo con la prensa y la furia de su padre cruzaron por su mente en un segundo. —E-eres un miserable... un idiota sin cerebro... —balbuceó Valerie, perdiendo por un instante el tono firme, la preocupación haciéndose evidente en su rostro. —Me da exactamente igual lo que pienses de mí —le sonrió Alessandro con frialdad sádica, disfrutando verla al fin acorralada—. Solo espero que a tu papi no le dé un infarto hoy cuando vea las noticias. Satisfecho con el terror psicológico que le acababa de sembrar, Alessandro la soltó bruscamente y se puso de pie, ajustándose el bóxer sin perder la elegancia ni el aplomo. En cuanto se vio libre, Valerie se incorporó en la cama echando humo. La humillación le quemaba las entrañas. Agarró una de las almohadas con todas sus fuerzas y se la arrojó directo a la cabeza. —¡LÁRGATE DE AQUÍ, MALDITO ANIMAL! ¡TE ODIO! —le gritó fuera de sí, con la voz desgarrada de rabia. Alessandro esquivó la almohada con un movimiento rápido de cabeza y sonrió con malicia. —Ya me cansaste, fiera además no me voy, porqué es mi puta casa. En tres zancadas volvió a la cama, la tomó por la cintura sin darle tiempo de reaccionar y, ignorando sus patadas y puñetazos rabiosos, la levantó en peso sobre su hombro. —¡Suéltame! ¡¿Qué haces?! ¡Bájame, enfermo! —chilló Valerie, golpeándole la espalda con los puños mientras él caminaba a paso firme hacia los ventanales que daban a la terraza del pent-house. —Es para tu propio bien, princesa —se burló él. Alessandro abrió la puerta de cristal, caminó hasta el borde de la piscina privada del departamento y, sin dudarlo un solo segundo, la lanzó al aire. —¡AHHHHHH! ¡SPLASH! El agua helada de la piscina amortiguó la caída. Valerie se hundió un par de metros antes de salir a la superficie tosiendo, ahogándose con el agua y con el vestido carmín completamente pegado al cuerpo, el maquillaje corrido y el cabello empapado cubriéndole el rostro. —¡Puta madre! —escupió Valerie, limpiándose los ojos con las manos, respirando con dificultad y mirando a Alessandro con un odio que podría matar a cualquiera. Alessandro estaba parado en la orilla, muerto de la risa. Sacó tranquilamente su teléfono del bolsillo, apuntó hacia ella y comenzó a tomarle una ráfaga de fotografías mientras ella intentaba salir de la piscina entre insultos. —Espero que el chapuzón te quite la resaca, Larson —se burló él, guardando el teléfono—. Nos vemos luego... mi vida. —¡HIJO DE PUTA! ¡TE VOY A MATAR, ALESSANDRO DI SANTI! ¡TE VOY A MATAR! —le gritó Valerie desde el agua, fuera de control, mientras él se daba la vuelta hacia el interior del departamento matándose de la risa.
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