Ada.
—Papá, vamos, sólo es un raspón chico—señalé mi brazo dónde había una larga línea de sangre hecha por un cuchillo, no era profunda, por lo que no me dolía.
Mi papá me miró incrédulo.
—Eres digna de admirar mi cielo, pero no es eso—comenta mirando a los veintitantos hombres muertos en el piso.
Bufo.
—Estoy bien—enfatizo cada palabra—. Pudimos con todos los hombres los dos juntos, y apenas tengo un rasguño.
—Moriría si te pierdo Ada, entiende —replica con la voz ahogada.
Yo suspiro, y me alejo unos pocos centímetros. Noto por el rabillo del ojo como un tipo quiere alcanzar un arma tirada en el suelo para dispararle a mi padre, pero no se lo permito. Una bala impacta rápidamente en su pecho, haciendo que deje de respirar por completo.
Escoria.
—Te pareces a tu madre—mi pecho se contrae de dolor.
No digo nada, sólo espero a que llegue Marco, el hombre de confianza de mi papá, su mejor amigo. Les daré un breve relato rápido de mi vida. Me llamo Ada McAllister y tengo dieciocho años. Vivo bajo el manto de un narcotraficante temido de los Ángeles, mi padre, el primer hombre de mis ojos. Se puede decir que sí tuve amigos y fui a un colegio carísimo dónde nadie ni sabía mi nombre, era sólo una fachada falsa de una tal Janne Hemsworth.
En fin, sólo dos de cien niños estúpidos mimados ricos, lograron obtener una total de mi confianza. Eidam Rusev y Katrina García, hijos de cárteles, uno ruso y la otra mexicana. Increíbles amigos leales que han estado siempre ahí para mí, son cómo mis hermanos, y lo mejor de todo es que nuestros padres se llevan perfectamente bien. Mi madre murió cuándo tenía dieciséis, bueno, digamos que fue un acto casi reciente, pero no hablemos de eso.
Su muerte aún me duele muchísimo, al igual que mi padre. Tengo tíos, sí, pero no los veo a menudo, aún así obtengo su cariño desde millones de kilómetros, los mellizos son todo un amor. Tengo una nana, que me ha cuidado cuando mi padre no ha podido, y claro, tengo a Marco. Es cómo mi tío a pesar de que no hayan lazos de sangre, pero su lealtad es todo para mi padre y para mí.
mis ojos, Marco llegó por nosotros.