Al amanecer, el aroma a pan recién horneado se extendía desde la cocina hasta los dormitorios del orfanato. Ese olor tibio y reconfortante era lo único capaz de arrancarle una sonrisa a Camelia por las mañanas.
—Hmm... qué rico huele —murmuró aún medio dormida—. Qué hambre tengo…
Con torpeza infantil, buscó sus zapatos bajo la cama, pero antes de ponérselos, buscó con la mirada el libro que Marta le había dado la noche anterior.
El libro que tanto le había fascinado con sus dibujos de antiguos castillos y letras que apenas comenzaba a entender.
Pero no estaba allí.
—No… no puede ser… —susurró con los ojos muy abiertos—. Lo dejé aquí anoche…
Buscó bajo las mantas, dentro del cajón, detrás de la almohada. Nada. El libro había desaparecido. Sintiendo que el corazón se le encogía, corrió descalza por el pasillo hasta hallar a Marta.
—¡No está! —gritó entre sollozos—. El cuento… ¡mi cuento! Lo perdí, Marta… alguien lo tomó y yo… yo lo perdí…
Las lágrimas le corrían sin contención. Marta, alarmada pero dulce, se agachó a su altura y la abrazó con ternura.
—Tranquila, pequeña. No pasa nada, ¿sí? Primero desayunemos y luego lo buscamos juntas. Seguro está por aquí cerca.
Camelia asintió entre sollozos, con la nariz roja y los ojos hinchados.
—Está bien… —murmuró débilmente, dejándose guiar al comedor.
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Tras el desayuno, buscaron por toda la habitación, pero el libro no apareció.
—Tal vez alguno de los niños lo tomó prestado —dijo Marta con voz calmada—. A veces lo hacen sin malicia. Preguntaremos después, cuando estén todos juntos.
Camelia asintió, aunque en el fondo sentía un vacío extraño. Era un libro, sí, pero era su libro. Marta se lo había confiado, y ella debía cuidarlo.
Más tarde, mientras Marta se ocupaba en la cocina, Camelia fue al patio trasero junto con los otros niños a lavar la ropa. El aire era fresco, y el sonido del agua chapoteando se mezclaba con las risas. Por un momento, todo parecía tranquilo.
Hasta que una voz conocida la sorprendió:
—Hola, Camelia… —susurró alguien detrás de una sábana tendida.
Camelia se giró, y al otro lado apareció una niña de ojos profundos y sonrisa juguetona. Era María, a quien no veía desde hacía semanas.
—¡María! —exclamó la pequeña, con alivio—. Me asustaste. Pensé que ya no volverías.
—He estado cerca —dijo María, con una risa suave—. Observando.
Camelia notó algo raro en su tono, pero su inocencia pudo más que la sospecha.
—¿Has visto mi libro? Se perdió esta mañana…
María bajó la mirada, y por un momento, el aire se volvió pesado.
—Sí —dijo finalmente—. Vi quién lo tomó. Pero mi palabra no servirá de nada… ya no pertenezco a este mundo. Nadie escucharía a una voz que no pueden ver.
Camelia la miró sin entender del todo, pero algo en su pecho se estremeció.
—Entonces… si tú no puedes decirlo… lo haré yo.
María la miró con una mezcla de ternura y tristeza.
—Ten cuidado, Camelia… No todos los que sonríen son buenos contigo.
Y con esas palabras, desapareció entre las sábanas, como si el viento se la hubiese llevado.
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Camelia, decidida, recorrió el orfanato hasta encontrar a Laura, una niña dos años mayor que ella. Laura estaba sentada junto a su cama, hojeando el libro con torpeza.
—¡Era mío! —exclamó Camelia al verla—. ¡Tú lo tomaste!
Laura alzó la mirada, sorprendida y molesta.
—No era justo —dijo con rabia contenida—. ¿Por qué te lo dan a ti? Apenas sabes leer. Yo también estoy aprendiendo… yo lo merezco más.
Camelia apretó los puños, temblando entre miedo y valor.
—Marta me lo confió… y lo que hiciste está mal. Eso es robar, Laura. Tienes que devolverlo, o se lo diré a la señorita Marta.
El rostro de Laura se tornó pálido.
—¡Cállate! —gritó, y empujó a Camelia con fuerza.
La pequeña perdió el equilibrio y cayó de espaldas, golpeándose el brazo contra el suelo de piedra. Un dolor agudo le atravesó hasta el hombro.
—¡Ahhh! —gritó con todas sus fuerzas.
Laura, asustada, dejó caer el libro y corrió fuera de la habitación.
Los gritos atrajeron a los demás niños, y pronto Marta llegó corriendo. Al verla en el suelo, pálida y temblorosa, se arrodilló de inmediato.
—¡Camelia! ¿Qué ocurrió? ¡Por los cielos! —exclamó, levantándola con cuidado—. Su brazo…
El pequeño brazo colgaba de un modo extraño. Sin perder tiempo, Marta corrió por las calles empedradas hasta la iglesia del pueblo, donde los sacerdotes solían recibir enfermos.
Pero nadie quiso atenderlas.
—Niña de orfanato —murmuraban algunos—. No tienen cómo pagar.
Marta suplicó, llorando, sin obtener respuesta. Cuando ya estaba a punto de rendirse, un hombre con armadura gastada y barba corta se acercó. Era un exsoldado, un mercenario que había perdido una pierna en la guerra.
—Déjeme verla —dijo con voz grave.
Revisó el brazo de Camelia con manos firmes.
—Está dislocado. Si no lo coloco ahora, quedará inutilizado.
—Pero… ¿puede hacerlo? —preguntó Marta con voz temblorosa.
—Sí, pero dolerá. —El hombre arrancó un pedazo de cuero de su cinturón y se lo tendió a la niña—. Muérdelo fuerte, pequeña. Así no te lastimarás la lengua.
Camelia lo miró aterrada, negando con la cabeza.
—No quiero… no quiero que me duela…
Marta la sostuvo entre sus brazos, con lágrimas corriéndole por el rostro.
—Mi niña… tienes que ser valiente. Solo un momento y pasará, te lo prometo.
Entre sollozos, Camelia asintió y mordió el cuero. El hombre tomó su brazo con fuerza. Un chasquido seco llenó el aire.
El grito de Camelia fue ahogado por la mordida, y segundos después, su cuerpo se desplomó inconsciente entre los brazos de Marta.
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Cuando despertó, estaba de nuevo en su cama. La luz tenue del atardecer se filtraba por la ventana. Su brazo estaba vendado, y el dolor punzante le recordaba que lo que paso era cierto.
A su lado, sobre la mesita, estaba el libro.
Camelia lo miró largo rato. Antes le parecía un tesoro; ahora, solo sentía tristeza.
Lo tomó con su brazo sano y lo abrazó contra el pecho.
—¿Porque… —susurró con voz quebrada—. Solo quería leer mi cuento.
Las lágrimas le humedecieron el rostro, y poco a poco, el cansancio la venció y se durmió abrazando el libro.