Durante la noche, Camelia no lograba conciliar el sueño.
El silencio del orfanato se sentía más denso que de costumbre, y en ese silencio, solo su propio corazón parecía responderle.
Pensaba en María.
María solía ser un alma errante, aunque Camelia no entendiera lo que eso significaba realmente. Sabía, sin embargo, que no pertenecía del todo a este mundo.
A veces desaparecía por días, otras veces se quedaba a su lado durante horas, contándole cosas que solo parecían tener sentido para ella.
Había momentos en que su voz sonaba alegre y viva, y otros en que su mirada se perdía, como si recordara algo que dolía demasiado.
Camelia se sentó en la cama y miró por la ventana.
El bosque que rodeaba el orfanato se extendía como una mancha oscura, espesa, y los árboles parecían moverse con el viento como si guardaran secretos.
El recuerdo de las palabras de María resonaba dentro de ella:
“Cuando la noche caiga, escucha con el corazón.”
Camelia no sabía cómo se hacía eso, pero quería entenderlo.
Puso sus pequeñas manos sobre el pecho, cerró los ojos y trató de oír más allá del silencio.
Podía escuchar los pasos lejanos de las hermanas, el crujido de la madera vieja, y el viento colándose por las rendijas. Pero nada más.
Aun así, no se rindió.
—¿Cómo escucho con el corazón? —susurró—. ¿Qué es lo que tengo que oír?
El tiempo pasó sin que se diera cuenta, hasta que una voz interrumpió su concentración.
—¿Qué haces levantada, Lía? —preguntó una de las hermanas, al verla junto a la ventana—. Ya es hora de dormir, pequeña. No deberías estar despierta mirando la oscuridad.
Camelia bajó la mirada, avergonzada.
—Solo… quería ver las estrellas…
La hermana suspiró con dulzura, cerró las cortinas y la tomó del hombro con suavidad.
—Ven, acuéstate. Mañana será un día largo.
La arropó y se despidió desde la puerta.
Camelia esperó a que los pasos se desvanecieran por el pasillo y, cuando estuvo segura, volvió a abrir una r*****a en la cortina.
La noche seguía allí, inmensa y viva.
Apoyó las manos sobre el pecho, igual que antes.
—Por favor… déjame oírte —murmuró con el corazón acelerado—. Permíteme escucharte…
Por un momento no pasó nada, y luego, un leve sonido comenzó a vibrar en el aire.
Eran como campanillas diminutas, tintineos suaves, como gotas de lluvia cayendo sobre un cuenco de cristal.
Las notas parecían venir de todas partes y de ninguna.
Entonces, entre aquellos sonidos, comenzaron las voces.
—¿Crees que pueda vernos? —dijo una, curiosa, con una voz tan pequeña que parecía el susurro de una hoja al caer.
—No, no lo creo —respondió otra, risueña—. No parece una de ellas.
—Tienes razón —intervino una tercera—. Ellas dejaron de vivir aquí hace mucho tiempo. Sería increíble que, después de tantos siglos, una de ellas regresara.
Camelia contuvo el aliento.
Las voces provenían del otro lado de la ventana, entre los árboles, aunque no podía ver nada.
—Nah, imposible —rió una voz más grave y burlona—. Es solo una niña.
—Sí, y tendría que haber una madre con ella —dijo otra—. Esto es un orfanato.
—Ellas nunca abandonan a sus crías —susurró una más, con un tono que parecía casi dolido—. Son fieles a su clan, las crían, les enseñan a vernos desde pequeñas. Esta niña ni siquiera debería poder oírnos.
Camelia sintió un escalofrío.
No podía ver a las criaturas, pero podía oírlas, y cada palabra que decían parecía despertar algo dentro de ella.
Como si una parte dormida de su sangre respondiera al llamado.
Su respiración se volvió entrecortada, no por miedo, sino por asombro.
Una tibieza extraña empezó a recorrer su cuerpo, y aunque no entendía por qué, sintió que las voces no mentían: había algo en ella que no era como los demás.
Las campanillas siguieron sonando, más fuertes, más cercanas.
Camelia cerró los ojos agotada por el sueño.
Y por un instante, creyó ver pequeñas luces moverse en la oscuridad antes de quedar dormida.