Charla con mamá (I)

1504 Words
Dormí a ratos, intranquilo. Me desperté muchas veces. Oía ruidos en la casa, pero serían mamá, papá y Ana haciendo cosas. No tenía ganas de moverme de la cama. Me puse música en mi mp3 y me di media vuelta en la cama con los ojos cerrados. Alguien se sentó a mi lado. - Checo, hijo… - era mamá. – Levántate a comer con nosotros. - No tengo hambre, mamá… - dije pesaroso. - Tienes que comer algo, aunque sea poco… - me acarició el pelo con ternura. – Después tú y yo hablamos tranquilos con un café. - No me apetece, en serio, mamá… - Hazme caso, hijo… estarás bien, pero no puedes encerrarte en ti mismo. Sabes que guardaré tus secretos. – Hizo una pausa antes de quitarme la sábana de encima y de tirar de uno de mis brazos para que me levantase. – Ve a lavarte la cara que la mesa ya está puesta, después echamos la tarde tú y yo solos. Mamá había hecho paella aquel domingo y no pude comer ni medio plato. La comida no me entraba. El nudo de mi pecho se había movido hasta la boca de mi estómago. Mamá y papá hablaban con Ana cosas de la universidad y alguna cosilla más, pero no participé de la conversación. Todos me miraban de vez en cuanto. Me sentía observado y no me gustaba, pero tampoco dije nada. - Tete… - susurró Ana al pasar detrás de mí cuando me levanté a ayudar a recoger la mesa. - Estoy bien, Ana… - respondí sin mirarla. Mamá casi echó a papá y a Ana de la cocina y cerró la puerta cuando salieron. Me senté en una silla apoyado en la pared mientras ella lavaba los platos esperando para secarlos yo. Ella puso la cafetera y después sirvió café para Ana y papá en una bandeja y llamó a Ana por el pasillo para que viniese a buscarlo cerrando otra vez la puerta cuando se fue. Yo estaba terminando de secar los cacharros mientras ella servía café para nosotros, y después abrió un armario y sacó una caja de galletas con pepitas de chocolate. Mamá nunca las hacía, ella era más de bizcochos y tartas, las galletas siempre las compraba, pero esas eran caseras. Ese debía ser el olorcillo que se mezclaba con el olor de la paella cuando me obligó a levantarme. - Las he hecho esta mañana – sonrió mamá. – Pruébalas… Sólo una vez había comido galletas como esas, y fue lo primero que vino a mi mente cuando probé las galletas de mamá. Eran como las que hizo la madre de Desi el primer día que ella vino a estudiar a casa conmigo. Miré a mamá y en mi cara se mezcló una sonrisa por lo ricas que estaban las galletas y los ojos llorosos por recordar a Desi. - Es ella, ¿verdad? – preguntó mamá apretando suavemente mi mano. – La niña que venía a estudiar contigo a casa. - Es ella… - me pesaban las palabras. – No sé en qué momento, pero lo sé desde hace mucho tiempo, es ella… - Y aún así, has decidido alejarte… cariño, ¿qué ha pasado? - Es demasiado buena, mamá… ella no merece alguien como yo. - Pero… ¿por qué dices eso, cariño? Tú eres un buen chico, tienes un buen trabajo, unos objetivos para mejorar tu carrera profesional… eres decidido y sincero… mereces ser feliz… si sabes que es ella ¿por qué la alejas de ti? - Sin quererlo, la he hecho daño muchas veces, mamá… no quiero volver a hacerla daño, no quiero que ella sufra por mi culpa. - Checo, cariño… cuéntame la historia completa… quiero entender lo que estás pensando y lo que estás sufriendo. – Mamá me sonrió animándome a abrirme con ella. – Sé que los chicos no habláis de sentimientos como las chicas, pero soy mamá, guardaré tus secretos, confía en mí siempre. Te quiero cariño, y lo que te hace daño a ti, me hace daño a mí. - No sabría por dónde empezar… - Empieza por el principio, por cómo la conociste… Cogí otra galleta y bebí un sorbo de mi café antes de empezar a hablar. - Fue el último año que repetí curso. Entré a clase con Pepe con intención de sentarnos al final de la clase, pero el tutor nos obligó a sentarnos en primera fila, uno a cada lado de una niña nueva. No la había visto nunca. Tenía gafas de culo de vaso y se puso súper roja cuando nos sentamos con ella. Era la típica empollona y tenía intención de chincharla todo lo que pudiese. – Mamá frunció el ceño. – No me mires así, mamá, era lo que hacíamos con los empollones, aunque ese curso no podía tener movidas en clase, papá y tú ya me habíais castigado suficiente por volver a repetir. Le hice un comentario divertido para picarla pero sin meterme con ella en plan mal y tuve la sensación de que se iba a poner a llorar, así que ya desde el primer día tuve que controlar lo que decía y hacía. Era muy tímida, más que nadie, y no tenía amigos, sólo dos chicas que iban a la clase de al lado. Con cada cosa que le decía se ponía roja como un tomate y casi nunca me miraba, siempre tenía la mirada agachada o fija en la pizarra. Lo que más me llamó la atención al principio fue su voz. Parecía una niña pequeña y vergonzosa, pero tenía una voz muy bonita, clara y dulce. Me apretabais mucho para estudiar, así que fui copiando cosas de ella en clase como subrayar los textos importantes y copiar en mis libros las anotaciones que ella hacía en los suyos – aquello le hizo gracia a mamá y soltó una risita – y de repente un día me quedé mirándola a los ojos. Eran verdes y no me había fijado hasta ese momento. Se la veían muy pequeños con sus gafas, pero tenían un color muy bonito. Había visto varias chicas con los ojos verdes, pero los de Desi eran diferentes. En clase de gimnasia era muy torpe, ni siquiera sabía correr – me reí por el recuerdo – así que como ella me echaba una mano en el resto de asignaturas, decidí echarle yo una mano en gimnasia. Era extraño ver a todas las chicas de clase en mallas ajustadas y ella en chándal, pero me hacía gracia cómo se movía su coleta al correr, y me empezó a molestar que algunos compañeros se rieran de ella por su torpeza. - O sea, … - me interrumpió mamá sonriendo – tú podías chincharla, pero no querías que nadie más lo hiciese… - negó con su cabeza con ese gesto de “eres imposible” que ponía muchas veces cuando yo me comportaba de forma extraña. - Exacto – agaché la mirada un momento antes de continuar. – Quería protegerla de los demás como hacía Borja con su hermana Clara. No quería que nadie se metiese con Desi, sólo yo podía chincharla. Nos ayudábamos en clase y me caía bien, empecé a verla como si ella fuese una especie de hermana pequeña para mí, y notaba que ella empezaba a coger confianza y a divertirse también un poco con mis gracias. Después fue cuando le pedí que viniese a casa a estudiar, me estaba costando bastante esa parte de las matemáticas, pero no quise que nadie supiese que ella me ayudaba, por eso lo de venir a casa. Sólo se lo conté a Borja y sabía que ella no se lo diría a nadie. No sé qué viste en ella, mamá… el primer día que vino a casa ya me dijiste que Desi era especial, pero no me atreví a contarte nunca nada más. Pero no fuiste la única que me advirtió. La hermana mayor de Desi me echó una bronca tremenda porque pensaba que yo estaba jugando con su hermana para reírme de ella, y uno de los chicos del equipo de fútbol era el hermano mayor de una de las mejores amigas de Desi, él también me advirtió que no me pasase. Mamá… yo sé que era un cabrón en aquella época, pero tener tantas advertencias me hizo pensar que los demás tenían todavía una peor visión sobre mí. Quizás había hecho más daño de lo que pensaba a otras personas y por eso me advertían, pero yo no quería hacerle daño a Desi. - Hijo, nunca fuiste malo… lo que pasa es que tu comportamiento con los demás no era modélico… acuérdate de todas las veces que nos llamaban para ir a hablar con los tutores… eras demasiado chulito, y querías que todo el mundo supiese que eras el rey del mambo… - me dio otro apretón en el brazo – Creo que conocer a Desiré te hizo bajar un poco a la tierra. Continúa cariño, yo te escucho.
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