Sofía se sentó con elegancia, cruzó las piernas y llamó con suavidad: —Bianca, avisa a las empleadas que sirvan la comida. El comentario provocó que Akira ladeara la cabeza con una sonrisa apenas contenida. —¿Por qué tienes que dar órdenes tú? —preguntó con un tono impregnado de veneno—. Dime algo… ¿acaso eres la amante de Salvatore? Sofía sonrió con calma, como si la pregunta no la tocara. —Si te hablaron de mí, tuvieron que decirte quién soy. Salvatore, que hasta ese momento permanecía impasible, se pasó un dedo por el puente de la nariz, un gesto sutil pero revelador de que estaba atento a cada palabra. —La protegida de mi futuro esposo… ¿no? —dijo Akira con sarcasmo. Sofía sostuvo su mirada con seguridad y respondió con voz firme: —La mujer que ama. El silencio que siguió fue

