—Spettro... —murmuró, acariciando las plumas del ave con una calma inquietante—. ¿Sabes qué dicen los hombres de Salvatore? Que el amor los hace estúpidos. El cuervo ladeó la cabeza, como si lo entendiera. El humo del cigarro ascendía en espirales lentas, dibujando sombras sobre las paredes cubiertas de cuadros antiguos. La puerta se abrió con un chirrido leve. Su hombre de confianza, entró con paso firme. Alto, de traje oscuro, el rostro serio. —Señor —dijo con voz controlada—. Dejaron algo en el bar. Tiziano no se giró todavía. —¿Qué cosa? —preguntó, sin apartar la mano del ave. —Un paquete, jefe. Los empleados lo encontraron esta madrugada. Lo dejaron en la cámara fría, sin tocarlo. Tiene su nombre. Tiziano apagó el cigarro en el cenicero de cristal, giró despacio y se puso de p

