Avanzamos por las calles de Nápoles. El ruido de la ciudad aún vibra, aunque es de noche. Las luces tiemblan en el reflejo de los charcos. Niebla baja. Asfalto mojado. Huele a gasolina y pecado. Perfecto. —Su hermanita es muy hermosa, señor —dice el que conduce, como si no estuviera diciendo una estupidez. No respondo. Solo suelto una bocanada de humo, denso, letal. —Sí… realmente hermosa —añade el pelirrojo, mirando por la ventana como si no le importara nada. Sigo sin hablar. Llevo el habano a mis labios, lo muerdo con furia contenida y dejo que la tensión se espese. —¿Qué tanto? —pregunto al fin, con la voz baja, cargada de veneno. —Mucho, señor —responde Luca a mi lado, sin notar el filo en mis palabras—. Me encantaría que me diera permiso de pretenderla… tiene una cintura tan pe

