—¿Para qué tanta ropa? —preguntó ella en tono incrédulo cuando vio la montaña de bolsas—. No me voy a cambiar veinte veces al día. —Te vas a cambiar cada vez que yo lo diga —contestó él con calma. Ella rodó los ojos, pero no replicó. Al salir de la última boutique, el aire tibio de la tarde le golpeó el rostro. El murmullo de la calle le pareció lejano. Sofía dio un par de pasos, sintiendo que todo giraba, que las luces de los escaparates se mezclaban en un torbellino. —Salva… —murmuró, antes de tambalearse. Él la atrapó antes de que cayera. La sostuvo contra su pecho con un movimiento rápido, firme, sin esfuerzo. El perfume amaderado de su bata, el calor de su cuerpo y la dureza de su brazo alrededor de ella la hicieron olvidar por un momento la debilidad. Sofía apoyó la frente cont

