—Habla, imbécil —insistió Damián, con impaciencia—. Y deja de beber tanto. Podrías enfermarte. Una sonrisa torcida cruzó el rostro de Salvatore. —Ya pareces a mi padre —replicó con voz grave. Damián guardó silencio unos segundos, tragando saliva. Luego cambió de tema abruptamente, como si lo hubiera tocado en lo más incómodo. —Háblame de mi niña Sofía. Los ojos de Salvatore se volvieron fríos al instante. —No es tu niña. Damián rodó los ojos en la pantalla, visiblemente irritado. —¿Dónde está Sofía, Salvatore? Salvatore abrió la boca para responder, pero en ese preciso momento la puerta del despacho se abrió. Sofía entró. Llevaba una bata de seda roja que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. El cabello marrón caía libre sobre sus hombros, húmedo aún de la ducha, y sus o

