La puerta se cerró con un chasquido metálico detrás de ellos. Bianca sintió el golpe del silencio, apenas interrumpido por la música lenta que se filtraba desde los altavoces ocultos. El aire de la habitación era espeso, cargado de incienso y cuero. La iluminación roja bañaba las paredes recubiertas de terciopelo y espejos ahumados. Frente a ella, una cama redonda con sábanas de satén n***o parecía devorar todo el espacio. A los costados, estructuras de acero y cuero esperaban como recordatorios de lo que se hacía allí. Tragó saliva, sus manos temblaban ligeramente mientras jugueteaba con el borde de su vestido esmeralda. Sentía la mirada de los cuatro hombres sobre ella, quemándole la piel. No era cualquier mirada. Era hambre contenida. Deseo, lujuria mezclada con lascivia. Massimo fue

