Sofía, en cambio, avanzaba más contenida, pero no menos firme. Sus tacones golpeaban el mármol con determinación. El rojo de sus labios parecía más intenso en medio de los reflejos del cristal oscuro. Había sorpresa en sus ojos, sí, pero no miedo. Era otra clase de mujer: no tan abiertamente provocadora como Evanya, pero con una fuerza que se sentía incluso en su silencio. Fue Evanya quien rompió la distancia, acercándose a Sofía con una sonrisa ligera. Bajó la voz como si compartiera un secreto. —Me da gusto conocerte —dijo. Sofía sostuvo su mirada con calma. La evaluó en un par de segundos y sonrió. —Lo mismo digo. Ese breve intercambio bastó. No hubo celos, ni rivalidad. Solo reconocimiento. Como si cada una supiera que la otra no era común. Eran distintas, sí, pero iguales en algo

