Sofía respiró hondo, los ojos brillándole de furia contenida. —Esa maldita japonesa me tiene harta. No sé quién se cree… —apretó los labios, frenando el resto de las palabras que amenazaban con salir como un disparo. Bianca dejó el libro a un lado, apoyó los codos en los brazos de la butaca y la miró con los ojos encendidos de malicia. —Hagámosle una maldad. Sofía arqueó una ceja. —¿Maldad? —Sí. Tiene un pelo bonito… demasiado bonito. Leí en un libro cómo la protagonista le echaba un producto a la villana para que se le cayera todo el cabello. Fue épico. —La sonrisa de Bianca era venenosa. Sofía sonrió. Era una sonrisa cómplice. Cargada de maldad. —¿Y estás segura de eso? —Segura —afirmó Bianca con un brillo travieso en los ojos. No tardaron en concretar el plan. Sofía tomó el te

