—Ya no estamos en tregua… —repitió en voz baja, con un dejo de ironía amarga. Sonrió de lado, esa mueca oscura que no presagiaba nada bueno. Dejó la botella sobre la mesa con un golpe seco, se pasó los dedos por el puente de la nariz y cerró los ojos unos segundos. Quería controlarse, pero las imágenes de los cuerpos tirados en el viñedo volvían una y otra vez, y con ellas la certeza de que la guerra ya estaba en marcha. Giró hacia el escritorio, se sentó en la silla de cuero y encendió un puro. El humo llenó la habitación en cuestión de segundos, mezclándose con el aroma del whisky. Abrió un cajón, sacó un arma, la apoyó sobre el escritorio y la observó. Su respiración era pesada, el pecho subía y bajaba con fuerza. Sabía que tenía que pensar con cabeza fría, pero la rabia lo estaba e

