Sofía se despertó al amanecer con el cuerpo pesado. El aire de la habitación se sentía denso, cargado. Abrió los ojos lentamente y permaneció unos segundos inmóvil, como si no supiera dónde estaba. Tragó saliva, pasó las manos por su rostro y dejó escapar un suspiro corto. Sabía que Salvatore había salido por asuntos de la mafia. Massimo se lo había dicho la noche anterior. Pero aun así, la sensación de no haber dormido sola no la abandonaba. Él espacio enorme y frío le transmitía algo. Decidió no prestarle atención, desde que la japonesa había llegado ahí siempre sentía como si la estuvieran espiando. De hecho, los días en la mansión comenzaban a volverse asfixiantes. Cada pasillo, cada mirada, cada silencio, la hacían sentir atrapada. Solo quería largarse, pero no tenía adónde y la ve

