Se giró hacia la puerta, pero la voz de Akira la detuvo. —Estábamos a punto de jugar —soltó con sorna, reclinándose en el sillón—. ¿Por qué no juegas con nosotras, Sofía? Sofía giró despacio, los ojos ya oscuros de rabia. —No tengo nada que hacer aquí. Akira sonrió con maldad. —Oh, pero yo creo que sí. —Sus dedos largos se deslizaron hasta una caja de madera que descansaba sobre la mesa. La abrió con calma. Dentro, el metal frío de un revólver brilló bajo la luz del salón.— Me dijeron que eres buena para los juegos de azar. ¿Qué tal si tientas tu suerte jugando a la ruleta rusa? Las carcajadas de las mujeres rompieron el aire. Los ojos de Sofía se volvieron lava. La sangre le martillaba en las sienes. El cuerpo le pedía gritar, atacar, destrozar a esa víbora delante de todas. En es

