Ella no dijo nada. No se atrevió. Se quedó observando, mordiendo apenas su labio inferior, mientras sus ojos se humedecían poco a poco. Salvatore mantuvo el gesto durante largos minutos, con el ceño fruncido, como si su sola voluntad pudiera arrancar el dolor de ella. Sofía cerró los ojos y dejó que las manos del padre de su hijo la aliviarán casi desapareciendo el malestar por completo y llevandola a un sueño profundo. Minutos después, cuando abrió los ojos de nuevo. El cuarto estaba en penumbras, apenas iluminado por la lámpara de la esquina. No supo en qué momento se había quedado dormida, pero lo primero que notó fue que ya no estaba con la misma ropa. Una bata ligera cubría su cuerpo y la sábana estaba tirada hasta el cuello, cuidadosamente acomodada. El olor de Salvatore impregnab

