Su respiración estaba descontrolada, el pecho subía y bajaba como si acabara de correr un maratón. Sus labios temblaban, sus ojos brillaban de furia, y en cada palabra había un filo capaz de cortar el aire. Salvatore se quedó inmóvil, observándola. Los ojos encendidos, oscuros, una mezcla de enojo y algo más que no se atrevió a poner en palabras. El silencio que siguió fue tan denso que Sofía creyó que iba a romperse en pedazos. Un segundo. Solo un segundo en el que ambos se miraron fijamente. Y luego, Salvatore dio media vuelta y salió de la habitación. La puerta se cerró detrás de él con un golpe sordo que retumbó en los huesos de Sofía. Ella apretó los labios con fuerza, intentando contener otro sollozo, pero fue inútil. Su cuerpo temblaba de la impotencia y del dolor. Se sentó en e

