—Sofía querida —dijo al verla, girando apenas el rostro—. ¿Viste mi vestido? Es de Elie Saab. ¿Acaso no te gusta? El tono era dulzón, pero en cada palabra había veneno. Sofía no respondió. Ni una palabra. La miró apenas de reojo, con el rostro imperturbable, y siguió de largo. Pero no pudo avanzar demasiado. Desde las escaleras opuestas, descendía Salvatore. Una de las sirvientas lo seguía, hablándole apresurada, dándole detalles de la boda, confirmando proveedores, flores, invitados. Sofía lo vio, y el estómago se le revolvió. Una oleada de náuseas la golpeó tan fuerte que tuvo que apretar la barandilla para no perder el equilibrio. La visión de él, impecable, con esa calma helada en medio de todo el caos, le dio ganas de vomitar. Y entonces, justo en ese instante, la puerta principa

