Y entonces, sonó la marcha nupcial. El murmullo volvió a inundar el jardín. Las cabezas se giraron hacia el arco de flores. Akira apareció del brazo de un hombre mayor —su padre, presumió Sofía—, vestido con un traje gris claro, rostro satisfecho y sonrisa de quien estaba sellando un acuerdo rentable. Akira avanzó con el vestido blanco que reflejaba la luz del atardecer, una cola larga de encaje y un velo que apenas dejaba ver su sonrisa de triunfo. Caminaba despacio, segura, disfrutando cada segundo. Su mirada se cruzó con la de Sofía a mitad del pasillo. No hizo falta palabra alguna: la superioridad se dibujó en su expresión con precisión quirúrgica. Sofía levantó el mentón. No iba a agachar la cabeza ante nadie. Aun así, sentía cómo algo dentro de ella se desprendía lentamente, como

