—¡Trampa! —rugió—. ¡Ese bastardo hizo trampa! La gente se movió instintivamente hacia atrás. El killer de Salvatore dio un paso adelante, la mano lista por si el tipo intentaba algo. Salvatore, en cambio, ni se movió. Se limitó a alzar la mano derecha, y en un segundo, dos de sus hombres tomaron al perdedor por el cuello y lo hundieron contra la mesa. El bar entero se quedó inmóvil. Salvatore se puso de pie despacio, ajustándose el abrigo. —Quiero las rutas —dijo, sin levantar la voz. Luego miró al muchacho—. Y tú, ven conmigo. Salió del bar seguido por Tiziano y su escolta. Nadie los detuvo. El despacho de Salvatore quedaba en el piso superior del edificio contiguo. Allí, el aire olía a madera y humo. Encendió un puro, lo sostuvo entre los dientes y, mientras exhalaba, indicó a

