Massachusetts, Estados Unidos. Tres años después La mañana era fría. El viento arrastraba el olor a tierra húmeda y a flores recién cortadas desde el jardín del convento. El edificio, antiguo, se levantaba entre los árboles desnudos del bosque como una sombra de piedra gris. Las ventanas altas dejaban pasar una luz pálida que se filtraba por los pasillos, rozando las paredes cubiertas de crucifijos y cuadros envejecidos. El sonido de las campanas marcó las diez. El eco viajó por el claustro, se coló entre los pasillos y llegó hasta el salón más amplio del convento: el de danza. Sofía movía los brazos con lentitud. —Una, dos, tres… espalda recta, no miren al suelo —dijo con voz baja. Su tono era sereno, pero firme. Las niñas obedecían. Un grupo de diez pequeñas, de entre cuatro y si

