Ella entreabre los ojos, confundida. —¿Por qué? —Porque… yo te he visto solo porque te quiero como una hermanita. ¿Vale? Pero los demás no. Nadie más. —Está bien, Salva. Hay unos segundos de silencio. El sonido de su respiración se vuelve más pausado. Y justo cuando creo que se ha dormido… —¿Salva…? —¿Qué pasa, bebé? —¿Qué soy yo para ti? Mi mano se detiene de golpe. —Tú eres… alguien muy importante, Sofía. Eres como mi hermanita y te quiero. ¿Vale? —le digo y su cuerpo se tensa por un segundo. —¿Y yo para tí? —le pregunto pasándome los dedos por la nariz. Ella se encoge de hombros bajo las sábanas. —Eres como… un padre. Me quedo helado. —¿Padre? —Sí, como un padre… un Papi Salva. ¿Te puedo llamar así? —¿Qué? ¡No! ¡Sofía, nena, no! —mi voz se escapa más fuerte de lo que que

