Salvatore se endereza, inmutable. —Siguiente. Giancarlo es el segundo. El pelirrojo. El más ágil. Pero no es suficiente. Salvatore lo detiene con el antebrazo, lo desarma con un giro brusco, y lo lanza al suelo como si fuera un muñeco de trapo. Él se queda jadeando, sin atreverse a levantarse. Trago saliva. No debería estar mirando esto con tanto interés. Pero lo hago. Mi respiración se vuelve más lenta. Más pesada. Me muerdo el labio inferior cuando Salvatore se remanga aún más la camisa. Sus músculos se tensan, su cuello brilla con una fina capa de sudor. Y sus ojos... sus ojos son los de un hombre que domina, que castiga, que no perdona. Uno a uno, los cuatrillizos caen. Sin esfuerzo. Sin compasión. Yo... yo estoy empapada. No es sudor. No es calor. Es algo más primitivo. Más vis

