Terminamos de almorzar, y mientras caminamos hacia el auto, cada roce accidental —o no tan accidental— me hace estremecer. Mis dedos rozan los suyos, nuestras caderas casi se tocan al girar, y sé que cada paso es un pequeño desafío entre los dos. Finalmente, llegamos a un bar de lujo, luces bajas, ambiente íntimo, música suave que permite que los susurros tengan peso. Nos sentamos en un rincón, frente a frente. El aroma a whisky y cuero me rodea, mezclándose con el perfume de Salvatore que me envuelve. Siento mi corazón acelerarse, mis manos un poco húmedas, mis piernas tensas bajo la mesa. —Este lugar te gusta —digo, intentando mantener el control—. Lujo, discreción, anonimato... como tú. —Exacto —responde, sus ojos recorriéndome de arriba abajo—. Pero ahora es mío. No necesito pregun

