La habitación está en silencio. Ni una gota de viento se cuela por las ventanas, y aún así, tengo la sensación de que todo en este lugar respira… como si cada pared escuchara lo que acabo de decir. —Quiero que me enseñes a besar, Papi Salva. Sus cejas se fruncen apenas, pero la izquierda sube con una desconcertante lentitud. Un gesto casi imperceptible. Como si lo hubiera golpeado con una pregunta sin sentido… o tal vez demasiado directa. Mis piernas aún están cruzadas sobre el diván. Mi espalda recta. Mis labios entreabiertos, y el corazón, oh, el corazón late como si hubiera corrido por mi vida. Él no dice nada de inmediato. Solo me observa. Como si intentara leerme… no con los ojos, sino con otra parte más filosa. Como si su mente diseccionara mis palabras, mis intenciones, mis resp

