Bianca salió del gimnasio con la bandeja vacía entre las manos, pero el verdadero peso lo cargaba en la piel. El aire en el pasillo no le bastaba, su pecho subía y bajaba con violencia, la respiración se le escapaba entreabriendo los labios, buscando oxígeno como si hubiera corrido kilómetros. Avanzó por el corredor central de la mansión, los tacones golpeando contra el mármol en un eco demasiado fuerte para la calma que intentaba fingir. Cada paso era un esfuerzo inútil por recuperar el control, porque el recuerdo del gimnasio seguía ardiendo en su mente: los músculos tensos, los tatuajes brillando con el sudor, las miradas directas que no había sabido sostener. Se detuvo a mitad del pasillo. Cerró los ojos. Inhaló con fuerza. El aire le quemó la garganta. Abrió la boca y exhaló despaci

