Decidió no descansar todavía. Tomó un tobo con agua limpia, el trapeador, y bajó hacia el gimnasio. El pasillo estaba en silencio, pero apenas abrió la puerta, un olor denso la envolvió: sudor masculino, hierro, esfuerzo… ese aroma que quedaba impregnado en las paredes después de un entrenamiento intenso. Se detuvo un segundo en el umbral, intentando regular su respiración. Pero entonces lo vio. Giancarlo seguía ahí y maldijo por la bajo. Estaba en medio de la sala, levantando pesas como si cada repetición le costara la vida. El cabello rojizo le caía sobre la frente, húmedo, pegado por el sudor que resbalaba por sus sienes y descendía en líneas gruesas por su pecho descubierto. Sus músculos se tensaban y destensaban con precisión, como una máquina diseñada para la guerra. Bianca se q

