Sofía salió del despacho con las piernas todavía temblorosas. Subió a la habitación y cerró la puerta con un portazo suave, como si así pudiera encerrar el incendio que llevaba dentro. El jeans estaba empapado y pegajoso, una delación imposible de ocultar. Con rabia contenida, se lo quitó y lo arrojó al suelo. Buscó entre la ropa que tenía y escogió una falda de cuero ajustada, corta, provocativa. Se colocó una blusa negra ligera y unas botas altas. Se miró al espejo un instante: las mejillas aún rojas, los ojos encendidos. “Perfecto”, pensó. Quería que él lo notara. Minutos después, bajó. Salvatore ya la esperaba en el pasillo, impecable con su camisa negra arremangada y un porte que nadie podía ignorar. No hubo palabras. Solo un gesto de la mano indicándole que lo siguiera. El trayect

