El baño estaba cargado de vapor, aunque el agua que Salvatore había dejado correr era helada. Se apoyó contra el lavado, respirando fuerte, con los nudillos blancos de tanto aferrarse al mármol. Cuando alzó la vista, el espejo le devolvió el reflejo de un hombre que no parecía él. Los ojos rojos, inyectados como si hubiera pasado noches enteras sin dormir; las mejillas encendidas, sudorosas, como si el cuerpo ardiera con fiebre; la mandíbula apretada al límite. Apartó la toalla de su cintura y se miró de frente. Contuvo un gruñido. El dolor punzante en los testículos lo obligó a tensar el abdomen. El color morado, la hinchazón, el recordatorio grotesco de lo que estaba reprimiendo. Una maldita abstinencia que lo estaba destrozando desde dentro. Inspiró profundo. Se pasó una mano por e

