Sofía respiró profundo, aún con los labios rojos arqueados en una sonrisa que era todo menos inocente. El hombre mayor los condujo hacia el interior del viñedo con paso seguro, como quien conoce cada piedra y cada rama de esas tierras. Los corredores de vides se extendían en hileras perfectas, verdes y firmes bajo el sol de Nápoles. El olor era intenso: mezcla de tierra húmeda, madera y fermentación. —Aquí la cosecha nunca se detiene —explicó el anciano con voz grave—. La tierra de Campania nos lo da todo… y nosotros sabemos cómo aprovecharlo. Salvatore lo escuchaba en silencio, caminando a su lado, las manos en los bolsillos, el rostro marcado por el cansancio y ese aire gélido que no lo abandonaba. Sofía, detrás de ellos, observaba el contraste: la solemnidad del hombre, el porte del

