La mansión dormía. El eco de los pasos en los pasillos se había apagado hacía rato, y lo único que quedaba eran las sombras abrazando los rincones. Bianca caminaba descalza, con un pantalón de algodón ligero y una camiseta amplia que dejaba al descubierto uno de sus hombros. Llevaba el cabello recogido en un moño improvisado, mechones rebeldes cayéndole alrededor del rostro. El cansancio del día pesaba en su cuerpo como plomo, pero la mente no quería rendirse todavía. Había trabajado sin descanso: limpiar el gimnasio después de los entrenamientos, recoger la ropa empapada de sudor de los cuatrillizos, organizar la cocina, preparar la cena, y luego soportar la tensión que siempre flotaba en cada habitación de esa casa. Sentía las piernas duras, los dedos agrietados de tanto detergente y la

