Sofía respiró hondo, intentando no sonreír, aunque la mezcla de celos, deseo y confusión le quemaba la garganta. La única certeza era que aquel hombre estaba más enfermo de deseo que de fiebre. La doctora se quitó los guantes con un chasquido seco. El ambiente seguía pesado por lo que acababa de decir. —Le voy a enviar medicamentos para bajar la inflamación, algo para la fiebre y compresas de agua fría en la zona —dijo con profesionalidad. Luego bajó la voz, apenas un murmullo entre ella y Sofía. —O… también puede terminar por tener sexo, señorita. Si su hermano no consigue con quién, yo conozco a… —¡Sí consigue, doctora! —la interrumpió Sofía con un tono filoso, los dientes apretados, la piel encendida por los celos. La doctora se acomodó las gafas y fingió seguir anotando, sin repl

