El sol entraba filtrado por las cortinas de lino de la habitación. Sofía despertó con el cuerpo aún palpitante, la boca reseca y, en ella, un sabor que no era del vino de la noche anterior, sino de Salvatore. El beso ardía todavía, incrustado en su piel como un tatuaje invisible. Se pasó la lengua por los labios, notando la electricidad que le recorría la pelvis, esa punzada inquieta que la hacía apretar los muslos bajo las sábanas. Se sentó en la cama despacio, con el cabello alborotado y el corazón en un ritmo extraño. No era miedo. Era fuego. Era él. Decidió levantarse. Se duchó con agua fría, intentando apagar las brasas que le quemaban por dentro. Escogió una falda holgada color crema que apenas tapaba sus nalgas, unas sandalias altas que realzaban sus piernas y una camisa blanca li

