Minutos después, salieron de la biblioteca. Sofía caminó con la cabeza alta, pero por dentro sentía un hueco de vergüenza ardiéndole en el estómago. Notaba miradas que se clavaban, que la seguían, que parecían reconocer el temblor de su respiración o adivinar el rastro de un gemido contenido. Dos estudiantes cuchichearon al pasar; una bibliotecaria acomodó sus lentes con un gesto severo; el joven que le había recomendado los libros se quedó inmóvil tras el mostrador, con una sonrisa cortada por el miedo cuando vio a Salvatore detrás de ella, n***o como un mal presagio con su gabán abierto y los ojos de acero. Afuera, el aire le pegó en la cara como un balde de agua. El sol caía oblicuo, abriéndose paso entre las fachadas antiguas; la calle vibraba con el ruido de scooters, bocinas impaci

