El peso de la voz de Massimo seguía suspendido en el aire, esa pregunta cargada de amenaza y promesa que no había sabido responder. Su instinto fue escapar. Necesitaba aire, distancia, silencio. Se incorporó bruscamente, recogiendo la manta que se le había resbalado y aferrando el libro contra el pecho. Avanzó hacia la puerta con pasos rápidos, como si corriera de un incendio. No llegó. En el umbral, la sombra de Massimo se interpuso de nuevo. El aire se le heló en los pulmones justo antes de sentir su mano dura cerrarse alrededor de su cuello. No la estrangulaba, pero la presión bastaba para dominarla. La empujó con violencia controlada contra la pared, y el golpe seco de su espalda contra el yeso le arrancó un jadeo. Bianca cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, estaba atrapad

