Bianca gimió de nuevo, suave, y apretó los párpados. —No cierres los ojos —la reprendió con dureza. Ella los abrió de golpe, y lo vio. Su expresión era implacable, oscura, como si controlara no solo su cuerpo, sino cada pensamiento que pasaba por su mente. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas, pero no eran de tristeza. Eran el desahogo de un fuego que no sabía cómo apagar. Massimo se inclinó más, tan cerca que ella podía sentir el calor de su aliento sobre la piel. —Eres mía aunque aún no lo sepas —susurró, rozándole la oreja con sus labios. Bianca contuvo un gemido, su cuerpo vibrando bajo la presión insoportable de la confesión y la orden. Él retrocedió apenas, lo suficiente para seguir viéndola desde arriba, como un depredador paciente. —Continúa —dictó de nuevo, con un tono

