El despacho estaba en penumbras. Solo la lámpara de escritorio proyectaba un círculo de luz dorada sobre los papeles, mientras el resto del lugar permanecía hundido en sombras. El olor a whisky y a tabaco impregnaba las paredes, mezclado con el eco de un silencio denso. Salvatore se dejó caer en el sillón de cuero, con el rostro endurecido. Las imágenes de la bodega lo perseguían: cuerpos de sus hombres tendidos en el suelo, la sangre aún fresca formando charcos oscuros bajo las botas, y ese silencio inhumano que deja la traición, si en realidad resultaba ser traición. Cerró los ojos, encendió un tabaco y aspiró con fuerza, como si el humo pudiera arrancarle el nudo que tenía incrustado en la garganta. —¿Quién carajo me está traicionando? —susurró entre dientes, con voz ronca. La ceniza

