El despacho de Salvatore estaba en silencio, solo roto por el leve roce del trapo contra la superficie de madera oscura. Bianca, distraída, repasaba los bordes del escritorio mientras su mente vagaba en todo menos en la limpieza. Los estantes cargados de libros de cuero y las botellas de whisky alineadas parecían observarla, juzgándola por lo que había ocurrido días antes con Massimo. Suspiró, intentando apartar esas imágenes de su cabeza, cuando un cosquilleo en la nuca le hizo detenerse. El aire cambió. Giró lentamente y sintió el corazón dispararse hasta la garganta. Massimo estaba allí, apoyado en el umbral, con los brazos cruzados y esa sonrisa ladeada que parecía burlarse del mundo entero. Su mirada fija la recorría sin pudor. —¿Qué haces ahí? —preguntó ella con voz temblorosa, a

