Cuando salieron del hotel, Las Vegas los recibió como un monstruo de neón. El aire de la noche estaba cargado de calor seco, tabaco y promesas fáciles. El Strip brillaba con carteles inmensos, fuentes danzantes y fachadas iluminadas que parecían escenarios de cine. El rugido de motores, risas de turistas y música filtrada desde los casinos envolvía todo en un caos vibrante. Sofía caminó tomada de la mano de Salvatore, con los ojos brillando como si descubriera un mundo nuevo. Él avanzaba con paso firme, observando todo con esa mezcla de cálculo y desdén. De pronto, ella se detuvo frente a una joyería de lujo, donde los escaparates reventaban de diamantes, relojes y cadenas que cegaban a cualquiera. Sofía tiró suavemente de su mano. —Quiero entrar. —¿Para qué? —gruñó él, aunque la sigui

