El descenso fue lento, insoportable. Cada chirrido del mecanismo tensaba más el silencio entre los dos. Sofía tragó saliva sin apartar los ojos de los suyos; Salvatore mantenía las manos a los lados, abiertas, como si apenas se estuviera conteniendo de hundirlas en su cintura. La puerta se abrió y el ruido del parque nocturno entró como una bocanada. Morgana saltó del asiento con desdén real, estirándose larga, el collar de oro relampagueando en su cuello. Sofía la tomó en brazos; Salvatore le colocó una mano en la espalda y la guió fuera sin decir una palabra. Caminaron hasta el coche. La música de la calle era una corriente que no los tocaba. Él la hizo subir primero; se sentó al volante con ese control que ya le conocía: mandíbula apretada, muñeca firme, mirada recta. El motor rugió.

