El aire se volvió espeso, como si un hilo invisible estuviera estrangulando cada garganta en el salón. Las palabras de Salvatore habían caído con un peso brutal, y aunque nadie se atrevió a contradecirlo, las reacciones eran evidentes: miradas esquivas, sonrisas tensas, manos que buscaban sus copas de vino para disimular. La corrección había sido un golpe seco, y todos comprendieron que en esa mesa no había espacio para malentendidos. Con calma absoluta, Salvatore se dejó caer en la cabeza de la mesa, el lugar reservado al más fuerte, al que todos temían y respetaban. El cuero crujió bajo su peso. A su lado, el áraba Aziel al-Rashid intentó dar un paso de cortesía, apartando una silla para Sofía. Pero Salvatore no lo permitió. Con un gesto rápido, seguro, la atrajo hacia sí y la sentó en

