Su mirada se endureció aún más, clavándose en ella. Sofía no apartó los ojos; al contrario, arqueó una ceja con un gesto provocador, como si disfrutara del filo de la tensión que estaba creando. El roce de su piel, la calidez de su cuerpo sin barreras, era una provocación constante. Apoyó el vaso de whisky en la mesa, sus dedos aún húmedos por el cristal. Su otra mano, invisible para los presentes, se deslizó con calma bajo el mantel. Nadie lo vio. Nadie lo sospechó. Sofía lo sintió al instante. La palma firme de él recorrió primero el borde de su muslo, lento, como si quisiera comprobar cada línea de su piel. Ella se tensó, apretando los labios, manteniendo los ojos al frente mientras fingía escuchar las conversaciones de los demás. Salvatore inclinó un poco la cabeza, como si estuvier

