Sofía se obligó a respirar hondo antes de moverse. El murmullo de la sala era como un río lejano, pero en la mesa el silencio pesaba como plomo. Las miradas estaban clavadas en ella, esperando verla titubear, algún gesto de miedo, de redención. No lo hizo. Había jugado desde que tenía seis años a esos juegos. Luciano mismo la había enseñado, le había explicado que la suerte está de parte de quién tenga la seguridad. Le dijo mil veces que ella no debía bajar la cabeza aunque tuviera miedo, y en ese momento aunque estaba temblando no titubeó ni un poquito. Con la cabeza erguida, caminó hasta la silla frente al hombre enmascarado. Sus tacones resonaron sobre el mármol con un compás seguro, cada paso midiendo la distancia que la separaba de ese desafío. Al llegar, se sentó despacio, con una

