—Caterina. —dijo su nombre con calma. Recordó la mano inerte de ella. Recordó la chaqueta de Salvatore colgando de una silla aquella noche, el reloj brillante, los pasos de sus hombres. Nada de sangre en su memoria, solo una decisión. La decisiva. Lo suficiente para hacerlo pagar. —Salvatore ya lo sabe —dijo, más para sí que para Rocco—. Sabe que volví del infierno. Se puso de pie con una elasticidad que traicionaba fuerza pura. Caminó de nuevo hasta el ventanal. Con la mano libre, apretó el nudo flojo de la corbata y se lo sacó, dejándolo sobre el respaldo de una silla. Las luces lejanas hicieron brillar el azul n***o de sus ojos. Una sombra de satisfacción le cruzó el rostro. El cuervo dio un salto y volvió a su hombro, clavando con cuidado. Tiziano alzó el vaso y brindó solo, sin so

