Sofía subió las escaleras con pasos rápidos, el cuerpo entero temblando de rabia y celos. Cerró la puerta de su habitación de un golpe y dejó la olla aún caliente sobre la mesa, el vapor caliente flotó en el aire. Apoyó las manos en los bordes, respirando agitada, con el camisón pegado a la piel húmeda de sudor. No podía quedarse así. Se desvistió con movimientos bruscos, dejando caer la prenda transparente al suelo. El agua de la ducha golpeó su piel como una descarga, arrastrando el perfume barato de aquellas mujeres, el mismo que parecía impregnado en la casa. Frotó con fuerza, como si pudiera borrar la sensación de haber sido invadida, de haber visto su espacio contaminado por aquellas putas baratas. Cuando salió, envuelta en una toalla, se miró al espejo. Sus ojos marrones estaban e

