El calor se volvió insoportable. Bianca se arqueó sobre la cama, con las piernas rozándose entre sí. La necesidad la doblegaba, le arrancaba la compostura que intentaba sostener. Se dejó caer de espaldas, los muslos temblando, las manos indecisas. La respiración se convirtió en un murmullo ronco, desesperado. Al fin, incapaz de resistirlo más, dejó que sus dedos descendieran con lentitud por su vientre, jugando con la piel sensible. Cerró los ojos y se mordió los labios, como si temiera que alguien pudiera escucharla al otro lado de la puerta. El roce fue apenas un toque, pero su cuerpo respondió con violencia, como si hubiera estado esperando esa caricia desde hacía horas. El jadeo que escapó de sus labios fue suave, casi una súplica. La vergüenza se mezclaba con la necesidad. Parte d

