Él parpadeó una vez, sorprendido, y luego la carcajada seca retumbó por toda la sala. —¿Ente s****l? —repitió con burla, lamiéndose los labios—. Pequeña, no es ningún ente. Soy yo. Massimo Morreti. El que quiere poseerte. Bianca se quedó rígida. Sus piernas se tensaron, la lámpara vibraba en sus manos. Las gotas de agua aún recorrían el pecho tatuado de Massimo, bajando hasta perderse en la tela oscura del bóxer. Un movimiento rápido y él le quitó la lámpara de entre los dedos, arrojándola al sillón sin violencia, pero con firmeza. Antes de que pudiera reaccionar, la tomó en brazos con facilidad. Bianca jadeó, sus uñas se clavaron en su hombro desnudo. Massimo caminó con calma, cargándola como si pesara nada, hasta una de las habitaciones del apartamento. El aire olía a madera encerada

